VISLUMBRANDO UN GÉNERO
Por Lucas Berruezo
I. LA NOVELA HISTÓRICA
- Los orígenes de la novela histórica:
Lukács y las novelas de Walter Scott
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| Georg Lukács |
En La novela histórica, Georg Lukács afirma que la aparición de la
novela histórica se da de la mano de Walter Scott y en circunstancias
históricas particulares. La novela histórica no podría existir en tanto tal si
no se tuviese, a nivel generacional, una conciencia histórica y una conciencia de la historia. Estas conciencias
comienzan a darse, efectivamente, en la Europa de fines del siglo XVIII, para
concretizarse a principios del XIX, es decir en los tiempos que van desde la
Revolución francesa, pasando por las distintas luchas revolucionarias, hasta
llegar a la caída de Napoleón. En este período de tiempo, la historia deja de
ser algo abstracto y considerado por unos pocos eruditos para pasar a
convertirse en un proceso concreto, hecho por los hombres y que afecta a los
hombres, y que por eso interesa a los hombres y se convierte así en una
experiencia cada vez más extendida, en una «experiencia
de masas». Bajo estas
circunstancias, la novela histórica podía nacer y encontrar un público que la
recibiese.
La novela histórica es, entonces
para Lukács, el resultado de un momento histórico determinado, y no el simple
producto de un individuo aislado:
Estos acontecimientos,
esta revolución del ser y de la conciencia del hombre en Europa
constituyen la base económica e ideológica para la creación de la novela histórica de Walter Scott. Los
datos biográficos de los motivos aislados por los que Scott llegó a ser consciente de esas corrientes
nada ofrecen de importante a la verdadera
historia de la creación de la novela histórica. (Lukács, p. 29)
Esta concepción
cae en varias contradicciones cuando Lukács comienza a repasar los nombres de
los que considera los sucesores de Walter Scott. Según muestra el teórico
húngaro, son pocos, muy pocos, los que lograron hacer lo que Scott hizo:
Cooper, de quien dice que fue el único sucesor digno en lengua inglesa; Willibald
Alexis, único escritor alemán del que podría decirse que representó las
tradiciones de Scott; Manzoni en Italia, con su novela Los novios; entre otros pocos. Lo que Lukács señala entonces, por
un lado, como el resultado de una época, por el otro lo presenta como el
trabajo de un escritor que a duras
penas encontró otros escritores que estuvieran a la altura de su legado.
Otra crítica que se le podría hacer
a Lukács, y que va a servir para nuestro análisis posterior, es la de
considerar la historia como un proceso pasible de ser comprendido y plasmado
correctamente. Esto es, justamente, lo que lograrían las novelas de Walter
Scott (aunque el mismo Scott no fuera consciente de ello). Así, vemos que
Lukács afirma: «Esta fidelidad histórica es
en Scott la verdad de la psicología
histórica de sus personajes, del hit et
nunc (aquí y ahora) de sus motivaciones psíquicas y de su actuación»
(Lukács, p. 67); o en otra parte: «(Scott) encuentra también para la novela
histórica el único medio posible de
reflejar adecuadamente la realidad histórica» (Lukács, p. 51); o incluso: «la
relación de estos sentimientos e ideas con su objeto real es siempre correcto en Scott, tanto en sentido social como histórico»
(Lukács, p. 70) (Los subrayados son nuestros). Como puede verse, Lukács valora
las novelas de Scott (y desacredita las que no son como ellas) utilizando
categorías como «verdad», «fidelidad», «realidad» o «correcto», que llevan a
pensar en una historia fija y determinada, que si bien tiene contradicciones y
es compleja, es también pasible de ser reflejada por la literatura. Esta noción
de la historia es, por supuesto, producto de la concepción misma de la realidad
que tiene Lukács, fomentada por su adhesión al Partido Socialista y gracias a
la cual se ganó diversas críticas, entre ellas la de Theodor W. Adorno.
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| Sir Walter Scott |
De cualquier forma, lo importante a
destacar aquí es que en la novela scottiana los protagonistas son personajes
mediocres y ficticios, generalmente pertenecientes al campesinado y con ideas
políticas poco definidas, mientras que las personalidades históricas son
personajes secundarios que sólo aparecen esporádicamente. Según Lukács, esto le
serviría a Scott para reflejar el espíritu de época, objetivo principal de la
novela histórica:
Poco importa, pues, en
la novela histórica la relación de los grandes acontecimientos históricos; se trata
de resucitar poéticamente a los seres humanos que
figuraron en esos acontecimientos. Lo importante es procurar la vivencia de los móviles sociales e
individuales por los que los hombres pensaron, sintieron y actuaron
precisamente del modo en que ocurrió en la realidad histórica. (Lukács, p. 44)
Así, pues, de lo que se
trata en la novela histórica es de demostrar
con medios poéticos
la existencia, el “ser ahí” de las circunstancias históricas y sus personajes. (Lukács, 46)
Al buscar la plasmación de una
época, Scott elige como protagonistas personajes mediocres, encarnados en «tipos
históricos-sociales» (Lukács, p. 34), que marcan la regla de la población de
una época determinada y no su excepción, como serían las personalidades
históricamente magníficas, que por su misma magnificencia sobrevivieron al
olvido.
- La novela histórica en Argentina: origen
y esplendor

Podría decirse que la literatura
argentina nace ya vinculada al género histórico con el relato «El matadero» de
Esteban Echeverría. Esta breve ficción, escrita probablemente entre 1838 y 1840
pero publicada recién en 1871 por Juan María Gutiérrez en la
Revista del Río de la Plata, no rehuye
esta naturaleza histórica, sino que, por el contrario, la asume explícitamente.
En las primeras líneas del relato, el narrador dice: «A pesar de que la mía es
historia, no la empezaré por el arca de Noé…».
Así, y a pesar de que el momento de producción del relato es prácticamente
contemporáneo a los acontecimientos que recrea, el narrador (y, por extensión,
el autor) le confiere al escrito una naturaleza y una función históricas. Por
otra parte, Juan María Gutiérrez, al incluir «El matadero» en el tomo V de las
Obras completas de Don Esteban Echeverría (1874),
anexa una nota crítica en la que desarrolla esta idea de narración histórica.
En dicha nota, Gutiérrez menciona a Walter Scott y hace referencia a esas
historias que «transportándonos al lugar y a la época en que pasó, nos hace
creer que asistimos a ella y que vivimos con la vida de sus actores»
(Echeverría, p. 97). Además, habla del «valor histórico que tiene el presente
trabajo (“El matadero”)» (Echeverría, p. 98) y resalta que «es una página
histórica, un cuadro de costumbres y una protesta que nos honra» (Echeverría,
p. 100).
La literatura argentina es,
entonces, en sus comienzos, principalmente política y esencialmente histórica,
rasgos que conservará a lo largo de su historia y en la mayoría de sus
diferentes y plurales manifestaciones. No obstante, habrá un momento de auge de
la novela histórica, que tendrá como protagonistas a la llamada Generación del
Centenario. Ellos frecuentarán el género con comodidad y se destacarán en dos
vertientes temáticas: la historia de América en relación con sus orígenes
españoles (La gloria de don Ramiro de
Enrique Larreta) y la historia nacional decimonónica, en especial la etapa
rosista (las Escenas de la época de Rosas
de Manuel Gálvez).
Como vimos en relación con Lukács y
la novela de Walter Scott, la novela histórica se propone siempre, de alguna u
otra forma, alcanzar objetivos particulares, que no siempre son estéticos:
recrear con la mayor fidelidad posible una época determinada, expresar una
concepción histórica (en Walter Scott la necesidad
histórica), defender una tendencia del presente (siguiendo con el ejemplo
de Scott, la tendencia progresista del siglo XIX), etc. La novela histórica argentina
no es la excepción. La consolidación del revisionismo histórico a partir de
1910 y su apogeo entre 1930 y 1940 hizo que la novela histórica en Argentina
adquiera una función específica: decir lo que la historiografía oficial había
olvidado, no había visto o, incluso, había decidido ocultar. A propósito de
esto, afirma Alfredo Rubione: «la tarea de la ficción histórica en nuestro
continente es separar o relevar de su tarea a la historia corriente o también
llamada oficial. Así se propone develar verdades negadas o desconocidas por los
lectores por claudicación del discurso historiográfico oficial».
De esta manera, el propósito de la novela histórica argentina (y
latinoamericana) es el de develar una verdad oculta para (u ocultada por) el
discurso histórico oficial y, así, instruir al lector. Por eso no sorprende que
uno de los novelistas más importantes del revisionismo, Manuel Gálvez, haya
sido, a su vez, miembro fundador del Instituto de Investigaciones Históricas
Juan Manuel de Rosas, fundado en 1938. Como señala Alfredo Rubione en el
artículo citado, el paso de novelista a historiador demostraría cómo, en
nuestro país y en nuestro continente, «muchas veces la historia se abastece de
la ficción para hacer historia» (Rubione, Ibidem).
- Manuel Gálvez y la clasificación del
género
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| Manuel Gálvez |
Llegamos
así a uno de los autores argentinos de novela histórica más representativo, que
no sólo escribió novelas (las ya mencionadas Escenas de la época de Rosas, compuestas por siete novelas, las Escenas de la Guerra del Paraguay, tres
novelas, y varias biografías noveladas), sino que también escribió sobre la novela histórica. En El novelista y las novelas,
Gálvez clasifica el género, dividiendo la novela histórica en dos tipos de
novela: arqueológica e histórica propiamente dicha. La novela arqueológica
trabaja con hechos lejanos en el tiempo, por lo que el autor tiene que
reconstruir ese mundo como si se tratase de un arqueólogo.
El ejemplo que da Gálvez es el de Walter Scott, aunque nosotros podríamos
mencionar La gloria de don Ramiro de
Enrique Larreta. Por otra parte, la novela histórica propiamente dicha se
divide a su vez en dos: la novela histórica y la novela de ambiente histórico.
La primera tiene como protagonistas a personajes históricos (es decir que realmente
existieron y que pertenecen a la historia) y el novelista no inventa nada. El
ejemplo que da Gálvez es el de Dimitri Merejkovski y La novela de Leonardo da Vinci. Nosotros podríamos mencionar,
dentro de la literatura argentina, Los
dueños de la tierra de David Viñas o La
princesa federal de María Rosa Lojo. Por último, la novela de ambiente
histórico trabaja con personajes protagónicos ficticios (inventados por el
autor), mientras que los personajes históricos aparecen sólo de manera
secundaria, por algunos momentos, limitándose a algunas palabras rigurosamente
documentadas y comprobadas por la historiografía. Dentro de este tipo de
novelas Gálvez menciona Guerra y paz de
Tolstoi, mientras que nosotros podríamos incluir al mismo Gálvez, así como
también a Martín Kohan (autor que analizaremos en la segunda parte de este
trabajo) con sus novelas Los cautivos y
Dos veces junio.
Al escribir novelas de ambiente
histórico, Gálvez se propone la reconstrucción de una época a partir del mundo
cotidiano, lo que lo acerca al estilo de Walter Scott y a sus protagonistas mediocres. En efecto, los
personajes en las novelas de Gálvez (toda
la gama de personajes que despliega en sus novelas) son personas comunes,
con convicciones no del todo claras, pero que pueden dar pruebas de valor,
heroísmo y abnegación por la patria si las circunstancias los llevan a
enfrentarse con su destino. En Los
caminos de la muerte, novela que abre las Escenas de la Guerra del Paraguay, los protagonistas no son
Bartolomé Mitre (que aparece retratado fugazmente con la solemnidad propia de
los próceres), ni Solano López (que apenas es reconstruido por lo que otros
personajes dicen de él), ni siquiera Emilio Mitre o el general Flores, sino Antonino
Guevara, Dionisio Blanco y el capitán Del Cerro, entre otros, unos atravesados
por miedos, otros por incapacidades, y otros, también, por variados y para nada
heroicos vicios.
Por último, esta clasificación del
género hecha por Gálvez nos permitirá analizar una serie de novelas escritas y
publicadas en el siglo XXI, y también ver si la novela histórica se mantiene
dentro de los límites (por otra parte nunca fijos) establecidos hace más de
cincuenta años o si, por el contrario, nos encontramos ante una nueva variación
del género. Para llevar a cabo este estudio hemos elegido tres novelas
publicadas entre los años 2008 y 2010, en las que, de alguna manera, se trabaja
sobre una época histórica que la Argentina del Bicentenario no deja
indiferente: la época de la última dictadura militar y los crímenes con ella
relacionados.
II. VISLUMBRANDO UN GÉNERO
Vivimos momentos especiales en la
Argentina. La victoria electoral de Néstor Kirchner que en el 2003 lo llevó a
la Presidencia de la Nación instaló una serie de cuestiones que por largo
tiempo se habían mantenido aletargadas en la mente de las personas y en los medios
de comunicación: los años 70, el Proceso de Reorganización Nacional, los
desaparecidos, los hijos de desaparecidos, los Derechos Humanos, etc. La
Memoria (en mayúscula y, de ser posible, en negrita) estaba en boca de todos,
tanto para alabar la justa obstinación del presidente como para denostar su
interesada y bien calculada demagogia. De cualquier manera, se optase por los
aplausos o por las objeciones, una cosa era segura: los 70 habían vuelto y
obligaban a una reflexión, reflexión que todavía hoy continúa. Por eso, no es
extraño que la literatura de ejemplos de ello. A continuación analizaremos tres
novelas publicadas en estos últimos años que retoman esta época tan dolorosa
para la Argentina y que la trabajan con una luz nueva, propia del nuevo siglo,
que nos lleva a preguntarnos si no estaremos acaso ante una nueva variación de
la novela histórica. Las tres novelas, entonces, son: Los topos (2008) de Félix Bruzzone, Historia del pelo (2010) de Alan Pauls y Cuentas pendientes (2010) de Martín Kohan. La elección no es
casual, ya que las tres novelas comparten algunas características que vale la
pena especificar. En primer lugar, las tres fueron publicadas a finales de la
primera década del siglo XXI y las tres, asimismo, tematizan los 70, aunque lo
hacen de una forma particular: hablan de los 70 desde la actualidad. Por eso la
acción transcurre en el presente, a pesar de que la vista esté siempre dirigida
al pasado. Ahora bien, ¿por qué entonces las llamamos históricas? Antes que
nada, es justo señalar que nosotros no somos los primeros en llamarlas así,
sino que fueron los medios los que se encargaron de hacerlo. Estas novelas,
desde el momento de su publicación, fueron presentadas como novelas históricas
y, en algunos casos, sus autores llegaron a ratificarlo.
De cualquier manera, nosotros tomamos esa designación pero con ciertos matices:
en el sentido tradicional del término (analizado en los apartados anteriores),
estas novelas no son históricas,
aunque sí pueden serlo en un sentido novedoso, que desarrollaremos a
continuación.
Estas novelas, entonces, no son
históricas porque su acción no transcurre en el pasado, pero, por otra parte,
sí lo son, porque el presente es en ellas algo más que un mero presente: en
todos los casos, el presente es un derivado, una consecuencia, del pasado. El
presente es lo que el pasado (la década del 70) nos dejó. En los apartados
anteriores habíamos dicho que una de las funciones de la novela histórica era reconstruir
un momento histórico para comprenderlo y, en consecuencia, comprender el
presente. En el caso de estas novelas ocurre lo inverso: se ambienta la acción
en el presente para echar luz sobre el pasado. Por eso son novelas históricas,
porque su objetivo es histórico, aunque su trama y su ambientación, en rigor,
no lo sean.
Ahora bien, que esto ocurra ahora no
tiene nada de sorpresivo. Dadas las condiciones de nuestro momento histórico (y
político, valga la redundancia), hablar del presente es hablar de los 70.
Podríamos decir que estas novelas son hijas de su tiempo. Lo interesante, en
todo caso, es ver qué dicen del pasado y cuánto de eso que dicen se corresponde
con lo que sería el discurso oficial de los 70, promovido desde diferentes
sectores y organizaciones del país, desde el Poder Ejecutivo, a cargo de la
Presidente Cristina Fernández de Kirchner, hasta el kiosquero de barrio que
vende con igual entusiasmo Clarín y La Nación como Página 12 y Tiempo Argentino.
A continuación veremos cómo lo que estas novelas dicen está muy lejos de lo que
estamos acostumbrados a escuchar.
- Los
topos de Félix Bruzzone: la degradación del héroe
El siglo XXI fue testigo y
responsable de una deificación de las víctimas de la última dictadura militar,
ya se trate de desaparecidos, de los hijos de esos desaparecidos, de aquellos
que tuvieron que exiliarse o los que, aun conservando su vida en el país,
tuvieron que enfrentarse a la humillación, la censura y la tortura. Tendrán que
pasar todavía algunos años más (tal vez algunas décadas más) para que esta
historia hagiográfica comience a ser
matizada, con justicia y razón o sin ella. No obstante, podemos decir
que Los topos de Félix Bruzzone, él
mismo hijo de desaparecidos, ya comenzó a recorrer ese camino.
Los
topos comienza contando la historia de un joven hijo de desaparecidos que
vive con su abuela en un departamento en Núñez, en frente de la ESMA. Domicilio
para nada casual, ya que una de las obsesiones de Lela, la abuela del narrador,
es que su hija, es decir la madre del narrador, había tenido otro hijo mientras
permanecía secuestrada, y que lo había tenido ahí, en la Escuela de Mecánica de
la Armada. Por eso dejan la casa de Moreno en donde vivían y por eso se mudan a
Núñez. Esta obsesión de Lela se convierte, también, en una obsesión para el
narrador, que se la plantea en términos de una cuestión familiar: «Era como si
todas las cosas de nuestra familia, que desde ese momento éramos ella y yo,
dependieran de la necesidad de encontrar a mi hermano».
Pero Lela se muere sin encontrar nada y el empeño del narrador de buscar a su
hermano sufre constantes altos y bajos, hasta finalmente desaparecer.
Ante la muerte de su abuela, y
después de consentir que su novia se practicara un aborto y se alejara de él,
el narrador decide volver como usurpador a la casa de Moreno en que se había
criado. Volver al pasado es, para él, una forma de avanzar hacia el futuro:
«Volver allá iba a significar la recuperación de muchas cosas, algo fundamental
para seguir avanzando. Un paso hacia atrás que permitiría dar muchos hacia
adelante» (Bruzzone, p. 39). Pero a pesar de esta afirmación, el narrador no
sólo no da muchos pasos hacia
adelante, sino que no da ninguno y empieza a protagonizar una irrefrenable
carrera de degradación. Primero se enamora de Maira, una travesti asesina de
policías que también desaparece, para
después, viaje a Bariloche de por medio, terminar por convertirse él mismo en
travesti con el fin de contactar, enamorar y asesinar al Alemán, un hombre sospechado
de entregar militantes en los 70 y de matar travestis en la actualidad. Pero
esto no llega a ocurrir, sino que el narrador concluye su camino de degradación
abandonando todos sus ideales de justicia para convertirse en la puta fija del
Alemán, al que empieza a ver como su enamorado / padre.
Y llegamos así a la figura del padre
del narrador, del que no se sabe mucho, sólo que, en teoría, también se trata
de un desaparecido, aunque de uno muy particular:
Papá había llegado a la
política, como muchos de los jóvenes de aquellos años, por amigos
que militaban y por ese impulso de juventud de siempre querer hacer algo diferente, nuevo. Pero cuando cayó
preso por primera vez todo se le complicó. Estaba
con mamá en un grupo que después de la muerte de Perón había quedado mal parado y terminó, ya
en libertad, por ceder a los temores maternos y dedicarse a entregar compañeros. Te van
a traicionar, m’hijito, decía mi abuelo que decía mi abuela, te ban a traicionar, y entonces empezó
él a traicionar a los que tenía cerca, incluida mamá. (Bruzzone, p. 136)
Lejos, entonces,
de ser un militante idealista de los 70, el padre del narrador es un traidor
que se dedicó a entregar a otros militantes, sin importarle que fueran amigos
suyos o su pareja.
Pero la degradación que vemos en el
narrador (como hijo de desaparecidos) y en su padre (como desaparecido) la
podemos ver también en aquellos que sobrevivieron:
…recorría organizaciones
de derechos humanos (…) y me encontraba con gente que pudiera haber conocido a mamá. Casi todas eran
personas devastadas. O no devastadas,
pero sí con un aire de devastación que podía verse en los ojos y hasta en acciones, como llevarse un
pocillo de café a la boca o jugar con la cucharita del azúcar. Había una ex compañera de
secundaria de mamá que estaba directamente loca.
(Bruzzone pp. 42-43)
Ajena a la idealización de los
militantes de los 70, propia del discurso oficial de estos tiempos, esta
primera novela de Bruzzone plantea una visión diametralmente opuesta. En Los topos, los 70 dejaron como legado la
traición, la devastación, la locura y la prostitución travesti.
- Historia
del pelo de Alan Pauls: la banalización del héroe
Lejos de los ideales de militancia,
revolución y libertad que inspiraron y guiaron a buena parte de la juventud de
los 60 y 70 (tanto en Argentina como en el resto del mundo), el protagonista de
Historia del pelo (2010), de Alan
Pauls, es un perfecto frívolo, cuyo principal interés y única preocupación es
el pelo. ¿Cortárselo o no cortárselo?, ¿cada cuánto?, ¿de qué manera?, son
algunas de las tantas preguntas que se
hace el protagonista a lo largo de la novela. Todo, para él, pasa a través del
pelo, y es así como la década del 70, que lo vio como adolescente, va a
aparecer.
El pelo, entonces, ocupa un lugar de
preeminencia en la novela de Pauls, que determinará las acciones del
protagonista y motivará los distintos derroteros que llevará a cabo por la
ciudad. Así, las personas que va conociendo (Celso y el veterano de guerra) y
las personas que recordará (su padre, Monti) se destacarán por los peinados o
el tipo de pelo que tengan o hayan tenido. Además, para una persona que tiene
el pelo como centro de todo, la historia y la política serán también una
consecuencia de ese centro. En los 70 la militancia del protagonista pasa por
el pelo:
A tal punto tiene pelo
para tirar al techo, como se dice, que en un momento dado se da el lujo por excelencia:
renuncia a la laciedad. No lo sabe, pero es su manera de proletarizarse. Empiezan
los años setenta y miles y miles de hijos de clase media y media alta, de la burguesía
y hasta de la alta burguesía abdican de la mañana a la noche de los tronos que les corresponden por nacimiento
(…) y se mudan a vivir a villas
miseria (…). Él, a los once, doce, de qué va abdicar si no del trono de su pelo.
Mientras otros renuncian a su clase
para solidarizarse con los explotados y denunciar a los explotadores, de los
que de alguna manera forman parte, el protagonista renuncia a su pelo lacio y
lo reemplaza por el afro,
símbolo de la época. Porque el pelo no atraviesa sólo al protagonista, sino
que, desde su óptica, atraviesa toda la década del 70 y la convierte en lo que
es o, mejor dicho, en lo que fue: «A fin de cuentas, no es por ellos que ha renunciado
a ser lacio. No son ellos los que explican tanto denuedo. Es la época» (Pauls,
p. 26), y, también, «Es el afro, la tentativa de afro que emprende para estar a
la altura de la época» (Pauls, p. 45).
De esta manera, la década del 70,
una de las décadas más oscuras de la historia argentina, se encuentra reducida
a una cuestión capilar, y el protagonista asume la realidad política de
entonces como una cuestión de peinados. Pero la banalización no termina aquí,
sino que llega a afirmar que lo nefasto de la época no está en el terrorismo de
Estado, las torturas, los atentados y los secuestros, sino en el peinado de
moda: «Es el pelo nefasto de los años setenta, el que atraviesa toda la década
y la humilla y la calcina como un cometa ignominioso» (Pauls, p. 152). Para el
protagonista, lo que dejaron los 70, lo que vale la pena recordar de ese
momento histórico, es una cuestión de pelos y peinados. Una memoria capilar.
Ahora bien, la visión banal/capilar
de los 70 no es la única que se da en Historia
del pelo, sino que también se da una imagen negativa, en consonancia con lo
analizado en Los topos, a través del
personaje del veterano de guerra. Éste es el único personaje que tiene una
conexión política e ideológica con la década del 70. Hijo de un militante
revolucionario desaparecido en la selva misionera, el veterano de guerra debe,
cuando apenas es un niño, exiliarse en París con su madre, ciudad de la
que no volverá hasta rondar los cuarenta
años, con su madre ya muerta y con un presente de carencias y penalidades.
En su primera aparición, el veterano
de guerra «le roba» (Pauls, p. 149) comida al protagonista. Además, la
descripción que se da de él, como un «imbécil afrancesado, con los ojos
inyectados en sangre y las costuras de los hombros de su viejo saco de corderoy
reventadas» (Pauls, p. 150), es a toda vista degradada. El veterano de guerra
es un «paria» (Pauls, p. 158), un hombre sin raíces que subsiste combinando la
venta de drogas al menudeo y la caridad de los gobiernos y de las
organizaciones que ven en él un símbolo heroico de la época. Nada heroico hay
en el veterano de guerra, como tampoco lo hay en el resto de los sobrevivientes
de los 70, a los que en un acto en la ESMA se los llama «muertos en vida»
(Pauls, p. 172).
- Cuentas
pendientes de Martín Kohan: la voz de los malvados y el silencio de los
héroes
Cuentas
pendientes nos pone en escena a dos protagonistas correlativos: Giménez, un
anciano de casi ochenta años, que se sumerge en el hastío y la decrepitud, y el
Dueño, un joven escritor y profesor de castellano que, aunque todavía joven, no
es un ejemplo de felicidad y armonía. Ambos personajes están unidos por las
cuentas pendientes de Giménez, que vive en un departamento que le alquila el
Dueño (de ahí su nombre), al que, por otra parte, hace meses que no le paga.
Giménez y el Dueño son correlativos porque a cada uno le corresponde un momento
cronológico de la novela y un registro en particular. De cualquier manera,
ambos personajes nos dan, cada uno a su modo, un retrato de la decadencia
propia del hombre de Buenos Aires y un perfil de lo que, de forma burda, se
podría llamar antihéroes.
Giménez es el protagonista de las
tres cuartas partes de la novela y en quien nos centraremos en este análisis.
Rozando los ochenta años, su vida se debate entre la voluntad de ser y la
búsqueda de un final que lo sustraiga de toda aquella ignominia que es la
vejez. Así, lo vemos buscar con ahínco una prostituta que le permita tener una
erección y gozar del placer sexual que en todo momento le es negado; lo vemos
rechazar con asco la vejez de su ex esposa y de su ex suegra y excitarse con la
postración de esta última en un claro ejemplo de la erotización del poder; lo
vemos, en fin, en una errática peregrinación por los resquicios más
despreciables de la naturaleza humana cuando se encuentra en su etapa de
declive, algo así como en un via crucis senil,
en donde la búsqueda de sentido se traduce en una vocación por perder el tiempo
entre quejas y maldiciones.
La ideología que promulga y a la que
adhiere Giménez va en contra de la versión oficial de la historia que se puede
ver en los discursos políticos (sean del partido que fuesen), en el periodismo
o en cualquier programa de televisión. Por un lado, la hija de Giménez,
Inesita, es hija de desaparecidos, apropiada ilegalmente por Giménez y su
esposa gracias a la ayuda y la intervención del coronel Vilanova. Por otro,
este hecho no es visto como algo criminal, sino como un acto de bien que es mal
comprendido por la sociedad actual:
Fijate, Lito, qué cosa, le dice Vilanova a Giménez
(…). El aborto les parece bien: asesinar a bebitos indefensos. Pero salvar a
otros bebitos, rescatarlos y ponerlos en manos de alguna buena familia que los
cuide y que los quiera, ¡todo eso les parece mal! De los fetos asfixiados y
tirados a la basura no dicen ni mu. Y en cambio no paran de romper los quinotos
con los bebitos que dicen que son suyos. Bebitos cuidados y educados por tantas
familias de bien.
La voz del militar resentido tiene
acá su lugar para expresarse. No vamos a cometer la locura y la estupidez de
pensar que Kohan es un milico encubierto que tiene como misión esparcir la
ideología fascista en la Argentina y en el resto del mundo. Claro que no. Kohan
es un escritor que deja que sus personajes hablen. Y los personajes hablan, incomodando
al lector. El discurso de los personajes es incómodo porque dicen lo que no
estamos acostumbrados a escuchar en la vida cotidiana (y agregaríamos, en otros
libros y novelas). Así, el coronel Vilanova habla sobre los hijos de
desaparecidos que buscan justicia:
¡Pero los pendejos! ¡Qué
saben los pendejos! Ni se afeitan todavía, ni limpiarse el culo saben. ¿Qué vivieron? ¡Nada!
¿Qué leyeron? ¡Nada! Pero joden y joden y joden
y joden. (Kohan, p. 108)
Incluso habla
despectivamente de las Madres de Plaza de Mayo:
Con las viejas locas,
concede juicioso, acaso para mostrarse ecuánime a los ojos de Giménez,
vaya y pase: todavía. Con las viejas locas vaya y pase. Al fin de cuentas, arguye, se cagaban bien de
frío y se cagaban bien de miedo y supieron aguantarse todo. (…) viejas podridas, que porfiadas de mierda.
Y no se mueren, ¿eh? No se mueren.
Pasan los años y no se mueren. (Kohan, pp. 107-108)
Y agrega:
Las viejas son
insoportables, insoportables. Que digan dónde están, que digan dónde están, que
digan dónde están. Y es como ya lo explicó el presidente: ¡no son! ¡No están! Más gráfico,
imposible; pero el que no quiere entender, no entiende. Porque no es que no pueden entender, es
que no quieren. No quieren entender y no entienden.
(Kohan, p. 108)
En un giro inesperado para nuestra
literatura actual, Kohan les da la voz a los malditos y silencia a los héroes. El
discurso que aparece en Cuentas
pendientes es el otro discurso,
el que no oímos en los medios ni leemos en los diarios, el que por sentido
común rechazamos y, aún en contra de los principios de libertad que albergamos,
podemos llegar a censurar. Kohan nos muestra así la otra cara de la historia,
de lo que dejaron los 70, y nos permite ver que lo que suponemos muerto y
vencido sigue vivo, quejándose en las sombras.
- CONCLUSIÓN
Los personajes de Los topos, Historia del pelo y Cuentas
pendientes son mediocres, como vimos que debían ser los personajes en las
novelas históricas. Pero lo que incomoda es que estos personajes mediocres en rigor
no deberían serlo, al menos no si tenemos en cuenta la visión que se tiene de
ellos desde los discursos oficiales que estamos acostumbrados a oír y a
reproducir. ¿Se tratan entonces de novelas históricas? A esta altura del
análisis podemos responder que sí, que son novelas históricas particulares,
inversas, que parten del presente para observar el pasado, y que, al hacerlo,
ese pasado les devuelve una nueva imagen del presente que no es la que se espera
encontrar. Una especie de laberinto de los espejos histórico que proporciona
diferentes miradas sobre el mismo hecho. Y no hay que olvidar que diferentes
formas de mirar pueden implicar diferentes y nuevas formas de entender.
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