domingo, 5 de mayo de 2013

LA NACIÓN y la decadencia de la cultura

Por Lucas Berruezo


Algunos (entre los cuales, de alguna manera, me incluyo) creen que a pesar de los adelantos tecnológicos y de las revoluciones digitales algo malo está pasando con la cultura. Entre los docentes de nivel secundario es muy común la añoranza de lo que se podía hacer antes y ya ahora no se puede: trabajos prácticos complejos, redacciones extensas, críticas bien argumentadas y una larga lista de etcéteras. A partir del trabajo cotidiano, los docentes nos encontramos con que hay muchos chicos que no pueden dar una respuesta que contenga más de 140 caracteres ni desarrollar una idea en más de una carilla. Cuando uno plantea esta inquietud, los eternos optimistas nos dicen que igual las cosas están mejor que antes (nunca se aclara cuándo es ese antes), ya que la facilidad de los chicos con la tecnología suplanta y compensa las carencias en otro tipo de áreas. No sé si las capacidades tecnológicas reemplazan lo que, acertadamente o no, se dio en llamar “cultura general”, como tampoco estoy tan seguro de esas nuevas “aptitudes tecnológicas”. Es verdad, los chicos se pasean por las redes sociales como si caminaran por su propia casa, pero en muchos casos no son capaces de usar el Word, el Excel u otra herramienta informática que no tenga que ver con el pasatiempo recreativo. Es una discusión que excede los límites de este artículo, ya sé, pero me interesa plantear una hipótesis: el deterioro cultural no es privativo de la juventud actual, sino que ella es sólo una muestra de lo que se está gestando en forma más generalizada. Dicho de otra manera, algo está pasando con la cultura, y lo que pasa con los jóvenes es sólo una parte de eso.
Tomemos el caso de La Nación, uno de los diarios más importantes y con mayor trayectoria de la Argentina (fue fundado por Bartolomé Mitre en 1870). Últimamente, se pueden detectar en varias de sus notas errores muy graves. Nadie es infalible, y todos podemos equivocarnos, pero cuando el error se vuelve reiterado, casi sistemático, demuestra la falta de nivel de aquel que lo comete. Esto es lo que está pasando con los medios en la Argentina (no sólo La Nación, aunque ahora nos centremos en su caso). Alguien (un eterno optimista tal vez) me podría decir que teniendo en cuenta las denuncias a las que están siendo sometidos los medios, su falta de credibilidad y la lucha de intereses (casi siempre económicos) en la que participan, las faltas de ortografía son una cuestión menor. Por supuesto que no. La lengua refleja, en el sentido más odiado del término, nuestra preparación, nuestra capacidad de observar la realidad, decodificarla y, después, expresarla mediante palabras. Si no sabemos escribir, muchos menos podremos (d)escribir la realidad. Si no podemos (d)escribir la realidad, toda práctica cultural está destinada al fracaso y a la extinción.


La Nación, apenas un ejemplo:

Todo comenzó el sábado 2 de marzo, cuando el diario La Nación publicó un suplemento especial sobre educación (gran paradoja). Ahí me encontré con la columna de una investigadora del CONICET que estaba muy mal escrita, con errores propios de un chico de primaria (ver imagen 1). Después vi cómo el periodista Emiliano Arnáez llamaba la atención constantemente sobre este hecho, compartiendo las capturas de pantalla de los errores más evidentes (las imágenes 2, 3, 4 y 5 fueron extraídas de su perfil). Por eso me decidí a escribir este artículo. Mientras discutimos sobre digitalizar las aulas, mientras se regalan netbooks a estudiantes secundarios, mientras nos sorprendemos ante las capacidades tecnológicas de los llamados “nativos digitales”, algo se está perdiendo. De nosotros depende que eso (que yo llamo cultura, aunque podemos denominarlo con otros nombres) no se pierda de manera definitiva.
La Nación no es más que un ejemplo de la decadencia cultural que está atravesando la Argentina. Basta mirar con atención para sorprenderse. No importa la cantidad de visitas que tenga un medio, la plata que mueva, la influencia que pueda llegar a ejercer, todo eso no lo exime de la mediocridad.
Ahora sí, las imágenes:


Imagen 1:



 Imagen 2:



 Imagen 3:



 Imagen 4:



 Imagen 5:



 Yapa: Imagen 6 (para que se entienda que no es sólo un problema de La Nación):



 Nota: Hay que destacar que, ni lentos ni perezosos, los trabajadores de La Nación ya corrigieron los errores que se marcan en estas imágenes. No obstante, no sé si por derechos de autor o por simple omisión, todavía se puede leer el texto completo (y plagado de errores) de la imagen 1: http://www.lanacion.com.ar/1559423-repensar-la-temporalidad
Antes de terminar, quiero darle las gracias a mi amigo y periodista Emiliano Arnáez por señalar en su cuenta de Twitter estos errores.


martes, 30 de abril de 2013

Novela histórica y actualidad argentina



VISLUMBRANDO UN GÉNERO
Por Lucas Berruezo


I. LA NOVELA HISTÓRICA

- Los orígenes de la novela histórica: Lukács y las novelas de Walter Scott

Georg Lukács
En La novela histórica, Georg Lukács afirma que la aparición de la novela histórica se da de la mano de Walter Scott y en circunstancias históricas particulares. La novela histórica no podría existir en tanto tal si no se tuviese, a nivel generacional, una conciencia histórica y una conciencia de la historia. Estas conciencias comienzan a darse, efectivamente, en la Europa de fines del siglo XVIII, para concretizarse a principios del XIX, es decir en los tiempos que van desde la Revolución francesa, pasando por las distintas luchas revolucionarias, hasta llegar a la caída de Napoleón. En este período de tiempo, la historia deja de ser algo abstracto y considerado por unos pocos eruditos para pasar a convertirse en un proceso concreto, hecho por los hombres y que afecta a los hombres, y que por eso interesa a los hombres y se convierte así en una experiencia cada vez más extendida, en una «experiencia de masas»[1]. Bajo estas circunstancias, la novela histórica podía nacer y encontrar un público que la recibiese.
            La novela histórica es, entonces para Lukács, el resultado de un momento histórico determinado, y no el simple producto de un individuo aislado:

Estos acontecimientos, esta revolución del ser y de la conciencia del hombre en Europa constituyen la base económica e ideológica para la creación de la novela histórica de Walter Scott. Los datos biográficos de los motivos aislados por los que Scott llegó a ser consciente de esas corrientes nada ofrecen de importante a la verdadera historia de la creación de la novela histórica. (Lukács, p. 29)

Esta concepción cae en varias contradicciones cuando Lukács comienza a repasar los nombres de los que considera los sucesores de Walter Scott. Según muestra el teórico húngaro, son pocos, muy pocos, los que lograron hacer lo que Scott hizo: Cooper, de quien dice que fue el único sucesor digno en lengua inglesa; Willibald Alexis, único escritor alemán del que podría decirse que representó las tradiciones de Scott; Manzoni en Italia, con su novela Los novios; entre otros pocos. Lo que Lukács señala entonces, por un lado, como el resultado de una época, por el otro lo presenta como el trabajo de un escritor que a duras penas encontró otros escritores que estuvieran a la altura de su legado.
            Otra crítica que se le podría hacer a Lukács, y que va a servir para nuestro análisis posterior, es la de considerar la historia como un proceso pasible de ser comprendido y plasmado correctamente. Esto es, justamente, lo que lograrían las novelas de Walter Scott (aunque el mismo Scott no fuera consciente de ello). Así, vemos que Lukács afirma: «Esta fidelidad histórica es en Scott la verdad de la psicología histórica de sus personajes, del hit et nunc (aquí y ahora) de sus motivaciones psíquicas y de su actuación» (Lukács, p. 67); o en otra parte: «(Scott) encuentra también para la novela histórica el único medio posible de reflejar adecuadamente la realidad histórica» (Lukács, p. 51); o incluso: «la relación de estos sentimientos e ideas con su objeto real es siempre correcto en Scott, tanto en sentido social como histórico» (Lukács, p. 70) (Los subrayados son nuestros). Como puede verse, Lukács valora las novelas de Scott (y desacredita las que no son como ellas) utilizando categorías como «verdad», «fidelidad», «realidad» o «correcto», que llevan a pensar en una historia fija y determinada, que si bien tiene contradicciones y es compleja, es también pasible  de ser reflejada por la literatura. Esta noción de la historia es, por supuesto, producto de la concepción misma de la realidad que tiene Lukács, fomentada por su adhesión al Partido Socialista y gracias a la cual se ganó diversas críticas, entre ellas la de Theodor W. Adorno[2].
Sir Walter Scott
            De cualquier forma, lo importante a destacar aquí es que en la novela scottiana los protagonistas son personajes mediocres y ficticios, generalmente pertenecientes al campesinado y con ideas políticas poco definidas, mientras que las personalidades históricas son personajes secundarios que sólo aparecen esporádicamente. Según Lukács, esto le serviría a Scott para reflejar el espíritu de época, objetivo principal de la novela histórica:

Poco importa, pues, en la novela histórica la relación de los grandes acontecimientos históricos; se trata de resucitar poéticamente a los seres humanos que figuraron en esos acontecimientos. Lo importante es procurar la vivencia de los móviles sociales e individuales por los que los hombres pensaron, sintieron y actuaron precisamente del modo en que ocurrió en la realidad histórica. (Lukács, p. 44)

Así, pues, de lo que se trata en la novela histórica es de demostrar con medios poéticos la existencia, el “ser ahí” de las circunstancias históricas y sus personajes. (Lukács, 46)

            Al buscar la plasmación de una época, Scott elige como protagonistas personajes mediocres, encarnados en «tipos históricos-sociales» (Lukács, p. 34), que marcan la regla de la población de una época determinada y no su excepción, como serían las personalidades históricamente magníficas, que por su misma magnificencia sobrevivieron al olvido.


- La novela histórica en Argentina: origen y esplendor

            Podría decirse que la literatura argentina nace ya vinculada al género histórico con el relato «El matadero» de Esteban Echeverría. Esta breve ficción, escrita probablemente entre 1838 y 1840 pero publicada recién en 1871 por Juan María Gutiérrez en la Revista del Río de la Plata, no rehuye esta naturaleza histórica, sino que, por el contrario, la asume explícitamente. En las primeras líneas del relato, el narrador dice: «A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé…»[3]. Así, y a pesar de que el momento de producción del relato es prácticamente contemporáneo a los acontecimientos que recrea, el narrador (y, por extensión, el autor) le confiere al escrito una naturaleza y una función históricas. Por otra parte, Juan María Gutiérrez, al incluir «El matadero» en el tomo V de las Obras completas de Don Esteban Echeverría (1874), anexa una nota crítica en la que desarrolla esta idea de narración histórica. En dicha nota, Gutiérrez menciona a Walter Scott y hace referencia a esas historias que «transportándonos al lugar y a la época en que pasó, nos hace creer que asistimos a ella y que vivimos con la vida de sus actores» (Echeverría, p. 97). Además, habla del «valor histórico que tiene el presente trabajo (“El matadero”)» (Echeverría, p. 98) y resalta que «es una página histórica, un cuadro de costumbres y una protesta que nos honra» (Echeverría, p. 100).
            La literatura argentina es, entonces, en sus comienzos, principalmente política y esencialmente histórica, rasgos que conservará a lo largo de su historia y en la mayoría de sus diferentes y plurales manifestaciones. No obstante, habrá un momento de auge de la novela histórica, que tendrá como protagonistas a la llamada Generación del Centenario. Ellos frecuentarán el género con comodidad y se destacarán en dos vertientes temáticas: la historia de América en relación con sus orígenes españoles (La gloria de don Ramiro de Enrique Larreta) y la historia nacional decimonónica, en especial la etapa rosista (las Escenas de la época de Rosas de Manuel Gálvez).
            Como vimos en relación con Lukács y la novela de Walter Scott, la novela histórica se propone siempre, de alguna u otra forma, alcanzar objetivos particulares, que no siempre son estéticos: recrear con la mayor fidelidad posible una época determinada, expresar una concepción histórica (en Walter Scott la necesidad histórica), defender una tendencia del presente (siguiendo con el ejemplo de Scott, la tendencia progresista del siglo XIX), etc. La novela histórica argentina no es la excepción. La consolidación del revisionismo histórico a partir de 1910 y su apogeo entre 1930 y 1940 hizo que la novela histórica en Argentina adquiera una función específica: decir lo que la historiografía oficial había olvidado, no había visto o, incluso, había decidido ocultar. A propósito de esto, afirma Alfredo Rubione: «la tarea de la ficción histórica en nuestro continente es separar o relevar de su tarea a la historia corriente o también llamada oficial. Así se propone develar verdades negadas o desconocidas por los lectores por claudicación del discurso historiográfico oficial»[4]. De esta manera, el propósito de la novela histórica argentina (y latinoamericana) es el de develar una verdad oculta para (u ocultada por) el discurso histórico oficial y, así, instruir al lector. Por eso no sorprende que uno de los novelistas más importantes del revisionismo, Manuel Gálvez, haya sido, a su vez, miembro fundador del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, fundado en 1938. Como señala Alfredo Rubione en el artículo citado, el paso de novelista a historiador demostraría cómo, en nuestro país y en nuestro continente, «muchas veces la historia se abastece de la ficción para hacer historia» (Rubione, Ibidem).


- Manuel Gálvez y la clasificación del género

Manuel Gálvez
Llegamos así a uno de los autores argentinos de novela histórica más representativo, que no sólo escribió novelas (las ya mencionadas Escenas de la época de Rosas, compuestas por siete novelas, las Escenas de la Guerra del Paraguay, tres novelas, y varias biografías noveladas), sino que también escribió sobre la novela histórica. En El novelista y las novelas[5], Gálvez clasifica el género, dividiendo la novela histórica en dos tipos de novela: arqueológica e histórica propiamente dicha. La novela arqueológica trabaja con hechos lejanos en el tiempo, por lo que el autor tiene que reconstruir ese mundo como si se tratase de un arqueólogo[6]. El ejemplo que da Gálvez es el de Walter Scott, aunque nosotros podríamos mencionar La gloria de don Ramiro de Enrique Larreta. Por otra parte, la novela histórica propiamente dicha se divide a su vez en dos: la novela histórica y la novela de ambiente histórico. La primera tiene como protagonistas a personajes históricos (es decir que realmente existieron y que pertenecen a la historia) y el novelista no inventa nada. El ejemplo que da Gálvez es el de Dimitri Merejkovski y La novela de Leonardo da Vinci. Nosotros podríamos mencionar, dentro de la literatura argentina, Los dueños de la tierra de David Viñas o La princesa federal de María Rosa Lojo. Por último, la novela de ambiente histórico trabaja con personajes protagónicos ficticios (inventados por el autor), mientras que los personajes históricos aparecen sólo de manera secundaria, por algunos momentos, limitándose a algunas palabras rigurosamente documentadas y comprobadas por la historiografía. Dentro de este tipo de novelas Gálvez menciona Guerra y paz de Tolstoi, mientras que nosotros podríamos incluir al mismo Gálvez, así como también a Martín Kohan (autor que analizaremos en la segunda parte de este trabajo) con sus novelas Los cautivos y Dos veces junio.[7]
            Al escribir novelas de ambiente histórico, Gálvez se propone la reconstrucción de una época a partir del mundo cotidiano, lo que lo acerca al estilo de Walter Scott y a sus protagonistas mediocres. En efecto, los personajes en las novelas de Gálvez (toda la gama de personajes que despliega en sus novelas) son personas comunes, con convicciones no del todo claras, pero que pueden dar pruebas de valor, heroísmo y abnegación por la patria si las circunstancias los llevan a enfrentarse con su destino. En Los caminos de la muerte, novela que abre las Escenas de la Guerra del Paraguay, los protagonistas no son Bartolomé Mitre (que aparece retratado fugazmente con la solemnidad propia de los próceres), ni Solano López (que apenas es reconstruido por lo que otros personajes dicen de él), ni siquiera Emilio Mitre o el general Flores, sino Antonino Guevara, Dionisio Blanco y el capitán Del Cerro, entre otros, unos atravesados por miedos, otros por incapacidades, y otros, también, por variados y para nada heroicos vicios.
            Por último, esta clasificación del género hecha por Gálvez nos permitirá analizar una serie de novelas escritas y publicadas en el siglo XXI, y también ver si la novela histórica se mantiene dentro de los límites (por otra parte nunca fijos) establecidos hace más de cincuenta años o si, por el contrario, nos encontramos ante una nueva variación del género. Para llevar a cabo este estudio hemos elegido tres novelas publicadas entre los años 2008 y 2010, en las que, de alguna manera, se trabaja sobre una época histórica que la Argentina del Bicentenario no deja indiferente: la época de la última dictadura militar y los crímenes con ella relacionados.




II. VISLUMBRANDO UN GÉNERO

            Vivimos momentos especiales en la Argentina. La victoria electoral de Néstor Kirchner que en el 2003 lo llevó a la Presidencia de la Nación instaló una serie de cuestiones que por largo tiempo se habían mantenido aletargadas en la mente de las personas y en los medios de comunicación: los años 70, el Proceso de Reorganización Nacional, los desaparecidos, los hijos de desaparecidos, los Derechos Humanos, etc. La Memoria (en mayúscula y, de ser posible, en negrita) estaba en boca de todos, tanto para alabar la justa obstinación del presidente como para denostar su interesada y bien calculada demagogia. De cualquier manera, se optase por los aplausos o por las objeciones, una cosa era segura: los 70 habían vuelto y obligaban a una reflexión, reflexión que todavía hoy continúa. Por eso, no es extraño que la literatura de ejemplos de ello. A continuación analizaremos tres novelas publicadas en estos últimos años que retoman esta época tan dolorosa para la Argentina y que la trabajan con una luz nueva, propia del nuevo siglo, que nos lleva a preguntarnos si no estaremos acaso ante una nueva variación de la novela histórica. Las tres novelas, entonces, son: Los topos (2008) de Félix Bruzzone, Historia del pelo (2010) de Alan Pauls y Cuentas pendientes (2010) de Martín Kohan. La elección no es casual, ya que las tres novelas comparten algunas características que vale la pena especificar. En primer lugar, las tres fueron publicadas a finales de la primera década del siglo XXI y las tres, asimismo, tematizan los 70, aunque lo hacen de una forma particular: hablan de los 70 desde la actualidad. Por eso la acción transcurre en el presente, a pesar de que la vista esté siempre dirigida al pasado. Ahora bien, ¿por qué entonces las llamamos históricas? Antes que nada, es justo señalar que nosotros no somos los primeros en llamarlas así, sino que fueron los medios los que se encargaron de hacerlo. Estas novelas, desde el momento de su publicación, fueron presentadas como novelas históricas y, en algunos casos, sus autores llegaron a ratificarlo[8]. De cualquier manera, nosotros tomamos esa designación pero con ciertos matices: en el sentido tradicional del término (analizado en los apartados anteriores), estas novelas no son históricas, aunque sí pueden serlo en un sentido novedoso, que desarrollaremos a continuación.
            Estas novelas, entonces, no son históricas porque su acción no transcurre en el pasado, pero, por otra parte, sí lo son, porque el presente es en ellas algo más que un mero presente: en todos los casos, el presente es un derivado, una consecuencia, del pasado. El presente es lo que el pasado (la década del 70) nos dejó. En los apartados anteriores habíamos dicho que una de las funciones de la novela histórica era reconstruir un momento histórico para comprenderlo y, en consecuencia, comprender el presente. En el caso de estas novelas ocurre lo inverso: se ambienta la acción en el presente para echar luz sobre el pasado. Por eso son novelas históricas, porque su objetivo es histórico, aunque su trama y su ambientación, en rigor, no lo sean.
            Ahora bien, que esto ocurra ahora no tiene nada de sorpresivo. Dadas las condiciones de nuestro momento histórico (y político, valga la redundancia), hablar del presente es hablar de los 70. Podríamos decir que estas novelas son hijas de su tiempo. Lo interesante, en todo caso, es ver qué dicen del pasado y cuánto de eso que dicen se corresponde con lo que sería el discurso oficial de los 70, promovido desde diferentes sectores y organizaciones del país, desde el Poder Ejecutivo, a cargo de la Presidente Cristina Fernández de Kirchner, hasta el kiosquero de barrio que vende con igual entusiasmo Clarín y La Nación como Página 12 y Tiempo Argentino. A continuación veremos cómo lo que estas novelas dicen está muy lejos de lo que estamos acostumbrados a escuchar.


- Los topos de Félix Bruzzone: la degradación del héroe



            El siglo XXI fue testigo y responsable de una deificación de las víctimas de la última dictadura militar, ya se trate de desaparecidos, de los hijos de esos desaparecidos, de aquellos que tuvieron que exiliarse o los que, aun conservando su vida en el país, tuvieron que enfrentarse a la humillación, la censura y la tortura. Tendrán que pasar todavía algunos años más (tal vez algunas décadas más) para que esta historia hagiográfica comience a ser  matizada, con justicia y razón o sin ella. No obstante, podemos decir que Los topos de Félix Bruzzone, él mismo hijo de desaparecidos, ya comenzó a recorrer ese camino.
            Los topos comienza contando la historia de un joven hijo de desaparecidos que vive con su abuela en un departamento en Núñez, en frente de la ESMA. Domicilio para nada casual, ya que una de las obsesiones de Lela, la abuela del narrador, es que su hija, es decir la madre del narrador, había tenido otro hijo mientras permanecía secuestrada, y que lo había tenido ahí, en la Escuela de Mecánica de la Armada. Por eso dejan la casa de Moreno en donde vivían y por eso se mudan a Núñez. Esta obsesión de Lela se convierte, también, en una obsesión para el narrador, que se la plantea en términos de una cuestión familiar: «Era como si todas las cosas de nuestra familia, que desde ese momento éramos ella y yo, dependieran de la necesidad de encontrar a mi hermano»[9]. Pero Lela se muere sin encontrar nada y el empeño del narrador de buscar a su hermano sufre constantes altos y bajos, hasta finalmente desaparecer.
            Ante la muerte de su abuela, y después de consentir que su novia se practicara un aborto y se alejara de él, el narrador decide volver como usurpador a la casa de Moreno en que se había criado. Volver al pasado es, para él, una forma de avanzar hacia el futuro: «Volver allá iba a significar la recuperación de muchas cosas, algo fundamental para seguir avanzando. Un paso hacia atrás que permitiría dar muchos hacia adelante» (Bruzzone, p. 39). Pero a pesar de esta afirmación, el narrador no sólo no da muchos pasos hacia adelante, sino que no da ninguno y empieza a protagonizar una irrefrenable carrera de degradación. Primero se enamora de Maira, una travesti asesina de policías que también desaparece, para después, viaje a Bariloche de por medio, terminar por convertirse él mismo en travesti con el fin de contactar, enamorar y asesinar al Alemán, un hombre sospechado de entregar militantes en los 70 y de matar travestis en la actualidad. Pero esto no llega a ocurrir, sino que el narrador concluye su camino de degradación abandonando todos sus ideales de justicia para convertirse en la puta fija del Alemán, al que empieza a ver como su enamorado / padre.
            Y llegamos así a la figura del padre del narrador, del que no se sabe mucho, sólo que, en teoría, también se trata de un desaparecido, aunque de uno muy particular:

Papá había llegado a la política, como muchos de los jóvenes de aquellos años, por amigos que militaban y por ese impulso de juventud de siempre querer hacer algo diferente, nuevo. Pero cuando cayó preso por primera vez todo se le complicó. Estaba con mamá en un grupo que después de la muerte de Perón había quedado mal parado y terminó, ya en libertad, por ceder a los temores maternos y dedicarse a entregar compañeros. Te van a traicionar, m’hijito, decía mi abuelo que decía mi abuela, te ban a traicionar, y entonces empezó él a traicionar a los que tenía cerca, incluida mamá. (Bruzzone, p. 136)

Lejos, entonces, de ser un militante idealista de los 70, el padre del narrador es un traidor que se dedicó a entregar a otros militantes, sin importarle que fueran amigos suyos o su pareja.
            Pero la degradación que vemos en el narrador (como hijo de desaparecidos) y en su padre (como desaparecido) la podemos ver también en aquellos que sobrevivieron:

…recorría organizaciones de derechos humanos (…) y me encontraba con gente que pudiera haber conocido a mamá. Casi todas eran personas devastadas. O no devastadas, pero sí con un aire de devastación que podía verse en los ojos y hasta en acciones, como llevarse un pocillo de café a la boca o jugar con la cucharita del azúcar. Había una ex compañera de secundaria de mamá que estaba directamente loca. (Bruzzone pp. 42-43)

            Ajena a la idealización de los militantes de los 70, propia del discurso oficial de estos tiempos, esta primera novela de Bruzzone plantea una visión diametralmente opuesta. En Los topos, los 70 dejaron como legado la traición, la devastación, la locura y la prostitución travesti[10].


- Historia del pelo de Alan Pauls: la banalización del héroe



            Lejos de los ideales de militancia, revolución y libertad que inspiraron y guiaron a buena parte de la juventud de los 60 y 70 (tanto en Argentina como en el resto del mundo), el protagonista de Historia del pelo (2010), de Alan Pauls, es un perfecto frívolo, cuyo principal interés y única preocupación es el pelo. ¿Cortárselo o no cortárselo?, ¿cada cuánto?, ¿de qué manera?, son algunas  de las tantas preguntas que se hace el protagonista a lo largo de la novela. Todo, para él, pasa a través del pelo, y es así como la década del 70, que lo vio como adolescente, va a aparecer.
            El pelo, entonces, ocupa un lugar de preeminencia en la novela de Pauls, que determinará las acciones del protagonista y motivará los distintos derroteros que llevará a cabo por la ciudad. Así, las personas que va conociendo (Celso y el veterano de guerra) y las personas que recordará (su padre, Monti) se destacarán por los peinados o el tipo de pelo que tengan o hayan tenido. Además, para una persona que tiene el pelo como centro de todo, la historia y la política serán también una consecuencia de ese centro. En los 70 la militancia del protagonista pasa por el pelo:

A tal punto tiene pelo para tirar al techo, como se dice, que en un momento dado se da el lujo por excelencia: renuncia a la laciedad. No lo sabe, pero es su manera de proletarizarse. Empiezan los años setenta y miles y miles de hijos de clase media y media alta, de la burguesía y hasta de la alta burguesía abdican de la mañana a la noche de los tronos que les corresponden por nacimiento (…) y se mudan a vivir a villas miseria (…). Él, a los once, doce, de qué va abdicar si no del trono de su pelo.[11]

            Mientras otros renuncian a su clase para solidarizarse con los explotados y denunciar a los explotadores, de los que de alguna manera forman parte, el protagonista renuncia a su pelo lacio y lo reemplaza por el afro[12], símbolo de la época. Porque el pelo no atraviesa sólo al protagonista, sino que, desde su óptica, atraviesa toda la década del 70 y la convierte en lo que es o, mejor dicho, en lo que fue: «A fin de cuentas, no es por ellos que ha renunciado a ser lacio. No son ellos los que explican tanto denuedo. Es la época» (Pauls, p. 26), y, también, «Es el afro, la tentativa de afro que emprende para estar a la altura de la época» (Pauls, p. 45).
            De esta manera, la década del 70, una de las décadas más oscuras de la historia argentina, se encuentra reducida a una cuestión capilar, y el protagonista asume la realidad política de entonces como una cuestión de peinados. Pero la banalización no termina aquí, sino que llega a afirmar que lo nefasto de la época no está en el terrorismo de Estado, las torturas, los atentados y los secuestros, sino en el peinado de moda: «Es el pelo nefasto de los años setenta, el que atraviesa toda la década y la humilla y la calcina como un cometa ignominioso» (Pauls, p. 152). Para el protagonista, lo que dejaron los 70, lo que vale la pena recordar de ese momento histórico, es una cuestión de pelos y peinados. Una memoria capilar.
            Ahora bien, la visión banal/capilar de los 70 no es la única que se da en Historia del pelo, sino que también se da una imagen negativa, en consonancia con lo analizado en Los topos, a través del personaje del veterano de guerra. Éste es el único personaje que tiene una conexión política e ideológica con la década del 70. Hijo de un militante revolucionario desaparecido en la selva misionera, el veterano de guerra debe, cuando apenas es un niño, exiliarse en París con su madre, ciudad de la que  no volverá hasta rondar los cuarenta años, con su madre ya muerta y con un presente de carencias y penalidades.
            En su primera aparición, el veterano de guerra «le roba» (Pauls, p. 149) comida al protagonista. Además, la descripción que se da de él, como un «imbécil afrancesado, con los ojos inyectados en sangre y las costuras de los hombros de su viejo saco de corderoy reventadas» (Pauls, p. 150), es a toda vista degradada. El veterano de guerra es un «paria» (Pauls, p. 158), un hombre sin raíces que subsiste combinando la venta de drogas al menudeo y la caridad de los gobiernos y de las organizaciones que ven en él un símbolo heroico de la época. Nada heroico hay en el veterano de guerra, como tampoco lo hay en el resto de los sobrevivientes de los 70, a los que en un acto en la ESMA se los llama «muertos en vida» (Pauls, p. 172).


- Cuentas pendientes de Martín Kohan: la voz de los malvados y el silencio de los héroes




            Cuentas pendientes nos pone en escena a dos protagonistas correlativos: Giménez, un anciano de casi ochenta años, que se sumerge en el hastío y la decrepitud, y el Dueño, un joven escritor y profesor de castellano que, aunque todavía joven, no es un ejemplo de felicidad y armonía. Ambos personajes están unidos por las cuentas pendientes de Giménez, que vive en un departamento que le alquila el Dueño (de ahí su nombre), al que, por otra parte, hace meses que no le paga. Giménez y el Dueño son correlativos porque a cada uno le corresponde un momento cronológico de la novela y un registro en particular. De cualquier manera, ambos personajes nos dan, cada uno a su modo, un retrato de la decadencia propia del hombre de Buenos Aires y un perfil de lo que, de forma burda, se podría llamar antihéroes.
            Giménez es el protagonista de las tres cuartas partes de la novela y en quien nos centraremos en este análisis. Rozando los ochenta años, su vida se debate entre la voluntad de ser y la búsqueda de un final que lo sustraiga de toda aquella ignominia que es la vejez. Así, lo vemos buscar con ahínco una prostituta que le permita tener una erección y gozar del placer sexual que en todo momento le es negado; lo vemos rechazar con asco la vejez de su ex esposa y de su ex suegra y excitarse con la postración de esta última en un claro ejemplo de la erotización del poder; lo vemos, en fin, en una errática peregrinación por los resquicios más despreciables de la naturaleza humana cuando se encuentra en su etapa de declive, algo así como en un via crucis senil, en donde la búsqueda de sentido se traduce en una vocación por perder el tiempo entre quejas y maldiciones.
            La ideología que promulga y a la que adhiere Giménez va en contra de la versión oficial de la historia que se puede ver en los discursos políticos (sean del partido que fuesen), en el periodismo o en cualquier programa de televisión. Por un lado, la hija de Giménez, Inesita, es hija de desaparecidos, apropiada ilegalmente por Giménez y su esposa gracias a la ayuda y la intervención del coronel Vilanova. Por otro, este hecho no es visto como algo criminal, sino como un acto de bien que es mal comprendido por la sociedad actual:

Fijate, Lito, qué cosa, le dice Vilanova a Giménez (…). El aborto les parece bien: asesinar a bebitos indefensos. Pero salvar a otros bebitos, rescatarlos y ponerlos en manos de alguna buena familia que los cuide y que los quiera, ¡todo eso les parece mal! De los fetos asfixiados y tirados a la basura no dicen ni mu. Y en cambio no paran de romper los quinotos con los bebitos que dicen que son suyos. Bebitos cuidados y educados por tantas familias de bien[13].

            La voz del militar resentido tiene acá su lugar para expresarse. No vamos a cometer la locura y la estupidez de pensar que Kohan es un milico encubierto que tiene como misión esparcir la ideología fascista en la Argentina y en el resto del mundo. Claro que no. Kohan es un escritor que deja que sus personajes hablen. Y los personajes hablan, incomodando al lector. El discurso de los personajes es incómodo porque dicen lo que no estamos acostumbrados a escuchar en la vida cotidiana (y agregaríamos, en otros libros y novelas). Así, el coronel Vilanova habla sobre los hijos de desaparecidos que buscan justicia:

¡Pero los pendejos! ¡Qué saben los pendejos! Ni se afeitan todavía, ni limpiarse el culo saben. ¿Qué vivieron? ¡Nada! ¿Qué leyeron? ¡Nada! Pero joden y joden y joden y joden. (Kohan, p. 108)

Incluso habla despectivamente de las Madres de Plaza de Mayo:

Con las viejas locas, concede juicioso, acaso para mostrarse ecuánime a los ojos de Giménez, vaya y pase: todavía. Con las viejas locas vaya y pase. Al fin de cuentas, arguye, se cagaban bien de frío y se cagaban bien de miedo y supieron aguantarse todo. (…) viejas podridas, que porfiadas de mierda. Y no se mueren, ¿eh? No se mueren. Pasan los años y no se mueren. (Kohan, pp. 107-108)

Y agrega:

Las viejas son insoportables, insoportables. Que digan dónde están, que digan dónde están, que digan dónde están. Y es como ya lo explicó el presidente: ¡no son! ¡No están! Más gráfico, imposible; pero el que no quiere entender, no entiende. Porque no es que no pueden entender, es que no quieren. No quieren entender y no entienden. (Kohan, p. 108)

            En un giro inesperado para nuestra literatura actual, Kohan les da la voz a los malditos y silencia a los héroes. El discurso que aparece en Cuentas pendientes es el otro discurso, el que no oímos en los medios ni leemos en los diarios, el que por sentido común rechazamos y, aún en contra de los principios de libertad que albergamos, podemos llegar a censurar. Kohan nos muestra así la otra cara de la historia, de lo que dejaron los 70, y nos permite ver que lo que suponemos muerto y vencido sigue vivo, quejándose en las sombras.




- CONCLUSIÓN

            Los personajes de Los topos, Historia del pelo y Cuentas pendientes son mediocres, como vimos que debían ser los personajes en las novelas históricas. Pero lo que incomoda es que estos personajes mediocres en rigor no deberían serlo, al menos no si tenemos en cuenta la visión que se tiene de ellos desde los discursos oficiales que estamos acostumbrados a oír y a reproducir. ¿Se tratan entonces de novelas históricas? A esta altura del análisis podemos responder que sí, que son novelas históricas particulares, inversas, que parten del presente para observar el pasado, y que, al hacerlo, ese pasado les devuelve una nueva imagen del presente que no es la que se espera encontrar. Una especie de laberinto de los espejos histórico que proporciona diferentes miradas sobre el mismo hecho. Y no hay que olvidar que diferentes formas de mirar pueden implicar diferentes y nuevas formas de entender.





- BIBLIOGRAFÍA

·         AA.VV., Realismo. ¿Mito, doctrina o tendencia histórica? Buenos Aires, quadrata, 2004.

·         Alonso, Amado. Ensayo sobre la novela histórica. El modernismo en La gloria de don Ramiro. Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 1942.

·         Bruzzone, Félix. Los topos. Buenos Aires, Mondadori, 2008.

·         Drucaroff,  Elsa. El infierno prometido. Buenos Aires, Sudamericana, 2006.

·         Echeverría, Esteban. La cautica / El matadero. Buenos Aires, Colihue, 2002.

·         Gálvez, Manuel. El novelista y las novelas. Buenos Aires, Emecé, 1959.

·         Kohan, Martín. Cuentas pendientes. Barcelona, Anagrama, 2010.

·         Lukács, Georg, La novela histórica, México D.F., Era, 1966.

·         Pauls, Alan. Historia del pelo. Barcelona, Anagrama, 2010.

·         Rubione, Alfredo. «Enrique Larreta, Manuel Gálvez y la novela histórica» en AA.VV. Historia crítica de la literatura argentina. Volumen 6: El imperio realista. Buenos Aires, Emecé, 2002.




[1] Lukács, Georg, La novela histórica, México D.F., Era, 1966, p. 20. A continuación, las citas se harán según esta edición.
[2] «…el realismo socialista lo ha hecho obtuso ante la crítica que él mismo alaba» (ver Adorno, Theodor W., «Lukács y el equívoco del realismo» en AA.VV., Realismo. ¿Mito, doctrina o tendencia histórica?, Buenos Aires, quadrata, 2004, p. 54).
[3] Echeverría, Esteban. La cautica / El matadero. Buenos Aires, Colihue, 2002, p. 101. A continuación, las citas se harán según esta edición.
[4] Rubione, Alfredo. «Enrique Larreta, Manuel Gálvez y la novela histórica» en Historia crítica de la literatura argentina. Volumen 6: El imperio realista. Buenos Aires, Emecé, 2002, p. 289. A continuación, las citas se harán según esta edición.
[5] Gálvez, Manuel. El novelista y las novelas. Buenos Aires, Emecé, 1959.
[6] En su Ensayo sobre la novela histórica, Amado Alonso asegura que la crisis de la novela histórica viene dada justamente por este afán de reconstrucción arqueológica por parte de los autores. Según Alonso, la reconstrucción detallada del momento histórico en que transcurre la novela hace que ésta gane en fidelidad pero pierda en calidad poética, y, dado que la novela histórica jamás podría reemplazar a la historiografía, el desmedro de la calidad poética nunca sería justificado. El ejemplo que da Alonso de novela arqueológica que no logra cumplir con una suficiencia en calidad poética, aun a pesar de las aptitudes de su autor, es Salammbó de Gustav Flaubert (ver Alonso, Amado. Ensayo sobre la novela histórica. El modernismo en La gloria de don Ramiro. Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 1942, p. 133 y ss.).
[7] También podríamos mencionar una novela histórica contemporánea que fuerza los límites de la clasificación galveciana y se instala entre la novela histórica y la de ambiente histórico, siendo de alguna manera ambas y ninguna de ellas: El infierno prometido (2006) de Elsa Drucaroff. Esta novela tiene como protagonista a un personaje de ficción e histórico al mismo tiempo: el loco Godofredo. El loco Godofredo es Roberto Arlt (los datos recreados de su biografía así lo demuestran, como también el nombre utilizado: Godofredo era, según el mismo Arlt, su segundo nombre), pero nunca se lo llama así, sino que todo el tiempo se juega con los límites de la ficcionalización y de la Historia.
[8] Ver, por ejemplo, la entrevista a Alan Pauls en la nota que la revista Ñ hizo sobre Historia del pelo con el título «Este es el show de los 70» (Ñ, 17 de abril de 2010).
[9] Bruzzone, Félix. Los topos. Buenos Aires, Mondadori, 2008, p. 12. A continuación las citas se harán según esta edición.
[10] No queremos decir con esto que el oficio de prostituta o la condición de travesti sean, por definición, degradantes. Lo que afirmamos es que sí lo son en esta novela. El narrador se vuelve travesti para hacer justicia, lo que nunca hace y además se termina enamorando de quien se debía vengar. En este sentido en particular, y no en ningún otro en general, la condición del narrador es degradante.
[11] Pauls, Alan. Historia del pelo. Barcelona, Anagrama, 2010, pp. 21-22. A continuación las citas se harán según esta edición.
[12] «…esa transición política, la que va del eclipse de lo lacio al ascenso irrefrenable del afro» (Pauls, p. 24).
[13] Kohan, Martín. Cuentas pendientes. Barcelona, Anagrama, 2010, pp. 109-110. A continuación, las citas se harán según esta edición.


sábado, 27 de abril de 2013

SUDOR DE TINTA cambió

Decidimos comenzar con Sudor de tinta cuando todavía éramos estudiantes de Letras, después de cursar el seminario de Elsa Drucaroff. Estudiar con ella nos permitió observar que la literatura argentina contemporánea no era lo que nosotros creíamos, que no terminaba con Manuel Puig, sino que todavía se estaba produciendo, aunque los lectores, la Academia y los medios no le dieran mucha importancia. Por eso pensamos en hacer una revista que hablara justamente de eso, de la literatura argentina realmente contemporánea.

Corría el año 2009. Todavía no habían salido los trabajos de Drucaroff[1], y las revistas culturales de distribución masiva no les daban mucho espacio a los nuevos narradores. Ahora, claro, la situación es otra, pero en ese momento sentíamos que caminábamos a ciegas, con apenas una o dos compilaciones que nos proporcionaban una serie de nombres a los cuales aferrarnos, la principal de ella La joven guardia, una selección de Maximiliano Tomas publicada por la editorial Norma en 2005. Entonces la decisión era clara: escribir sobre lo que se escribía y publicaba en ese mismo momento.

Como dijimos, ahora la situación es otra. Los nuevos narradores publican y venden, se escribe sobre ellos y se los busca. Las mesas de novedades están llenas de verdaderas novedades y no sólo de reediciones de autores ya consagrados (y muertos). De hecho, lo difícil en este momento no es conseguir libros contemporáneos, sino aquellos que salieron hace dos, tres o más años. La Argentina pasó de aferrarse a los libros de las eternas deidades a vivir en un eterno presente, en el que se vuelve difícil, por no decir imposible, conseguir el libro anterior de aquel escritor que acaba de sacar un libro. Cosas de Argentina, que carece de término medio.

En este escenario, creemos conveniente cambiar de objetivos. Después de varias modificaciones en el staff de la revista, nos pareció beneficioso modificar también la revista. Muchos de los títulos reseñados en los primeros números de Sudor de tinta ya no se consiguen, cayendo en ese limbo literario al que van a parar todos aquellos libros que no son novedades ni best sellers (los clásicos forman parte, de una forma particular por supuesto, de estos últimos).

Sudor de tinta seguirá existiendo, pero ya no será una revista de reseñas, sino que tendrá como objetivo la producción de contenidos. Se hablará de libros, claro que sí, y habrá reseñas también, pero no sólo eso. También se escribirá sobre arte, cine, música, filosofía, teoría literaria, política, etc. Y se lo hará desde este nuevo formato, que nos dará la comodidad y la libertad del blog. Cuando haya algo que decir lo diremos, de forma inmediata, sin necesidad de esperar a que todo el número de la publicación esté listo. Esto nos permitirá estar a la altura de las circunstancias, analizando los temas que realmente nos parecen importantes en el momento en que nos parece importante hacerlo. Nuestra intención será, siempre, propiciar el debate.

Inauguramos entonces este nuevo Espacio.

Bienvenidos, una vez más, a Sudor de tinta.




[1] Nos referimos a Los prisioneros de la torre (Emecé, 2011) y la compilación Panorama Interzona (Interzona, 2012).