Por Lucas Berruezo
Algunos (entre los cuales, de
alguna manera, me incluyo) creen que a pesar de los adelantos tecnológicos y de
las revoluciones digitales algo malo está pasando con la cultura. Entre los
docentes de nivel secundario es muy común la añoranza de lo que se podía hacer
antes y ya ahora no se puede: trabajos prácticos complejos, redacciones
extensas, críticas bien argumentadas y una larga lista de etcéteras. A partir
del trabajo cotidiano, los docentes nos encontramos con que hay muchos chicos que
no pueden dar una respuesta que contenga más de 140 caracteres ni desarrollar una idea en más de una carilla. Cuando
uno plantea esta inquietud, los eternos optimistas nos dicen que igual las
cosas están mejor que antes (nunca se aclara cuándo es ese antes), ya que la
facilidad de los chicos con la tecnología suplanta y compensa las carencias en
otro tipo de áreas. No sé si las capacidades tecnológicas reemplazan lo que,
acertadamente o no, se dio en llamar “cultura general”, como tampoco estoy tan
seguro de esas nuevas “aptitudes tecnológicas”. Es verdad, los chicos se pasean
por las redes sociales como si caminaran por su propia casa, pero en muchos
casos no son capaces de usar el Word,
el Excel u otra herramienta
informática que no tenga que ver con el pasatiempo recreativo. Es una discusión
que excede los límites de este artículo, ya sé, pero me interesa plantear una
hipótesis: el deterioro cultural no es
privativo de la juventud actual, sino que ella es sólo una muestra de lo que se
está gestando en forma más generalizada. Dicho de otra manera, algo está
pasando con la cultura, y lo que pasa con los jóvenes es sólo una parte de eso.
Tomemos el caso de La Nación, uno de los diarios más
importantes y con mayor trayectoria de la Argentina (fue fundado por Bartolomé
Mitre en 1870). Últimamente, se pueden detectar en varias de sus notas errores
muy graves. Nadie es infalible, y todos podemos equivocarnos, pero cuando el
error se vuelve reiterado, casi sistemático, demuestra la falta de nivel de
aquel que lo comete. Esto es lo que está pasando con los medios en la Argentina
(no sólo La Nación, aunque ahora nos
centremos en su caso). Alguien (un eterno optimista tal vez) me podría decir
que teniendo en cuenta las denuncias a las que están siendo sometidos los
medios, su falta de credibilidad y la lucha de intereses (casi siempre
económicos) en la que participan, las faltas de ortografía son una cuestión
menor. Por supuesto que no. La lengua refleja, en el sentido más odiado del
término, nuestra preparación, nuestra capacidad de observar la realidad,
decodificarla y, después, expresarla mediante palabras. Si no sabemos escribir,
muchos menos podremos (d)escribir la realidad. Si no podemos (d)escribir la
realidad, toda práctica cultural está destinada al fracaso y a la extinción.
La Nación, apenas un ejemplo:
Todo comenzó el sábado 2 de
marzo, cuando el diario La Nación publicó
un suplemento especial sobre educación (gran paradoja). Ahí me encontré con la
columna de una investigadora del CONICET que estaba muy mal escrita, con
errores propios de un chico de primaria (ver imagen 1). Después vi cómo el
periodista Emiliano Arnáez llamaba
la atención constantemente sobre este hecho, compartiendo las capturas de
pantalla de los errores más evidentes (las imágenes 2, 3, 4 y 5 fueron extraídas de su perfil). Por eso me decidí a escribir este artículo. Mientras
discutimos sobre digitalizar las aulas, mientras se regalan netbooks a estudiantes
secundarios, mientras nos sorprendemos ante las capacidades tecnológicas de los
llamados “nativos digitales”, algo se está perdiendo. De nosotros depende que eso
(que yo llamo cultura, aunque podemos denominarlo con otros nombres) no se
pierda de manera definitiva.
La Nación no es más que un ejemplo de la decadencia cultural que
está atravesando la Argentina. Basta mirar con atención para sorprenderse. No
importa la cantidad de visitas que tenga un medio, la plata que mueva, la
influencia que pueda llegar a ejercer, todo eso no lo exime de la mediocridad.
Ahora sí, las imágenes:
Imagen 1:
Antes de terminar, quiero darle
las gracias a mi amigo y periodista Emiliano Arnáez por señalar en su cuenta de
Twitter estos errores.





